Gisela III
A partir de ese momento, nuestras relaciones fueron a través de internet, un medio tan versátil, rápido y cómodo de usar, y compartíamos un lugar de encuentro y nuestras intimidades y sin embargo, a pesar de ese cariño tan entrañable que sentía por esa mujer de allende los mares, seguía viendo en sus poemas un algo velado que no era capaz de decirme en su e-mail, pero sólo creía, yo no era un adivino de mentes ni de sentimientos, a veces pensaba que Gisela se había enamorado de mi, otras creía que era una amistad, ahora en la lejanía, otras imaginaba que el que estaba enamorado de ella era yo, no sé, me sentía tan bien cuando ella se comunicaba conmigo y tan mal cuando no tenía noticias suyas que ya no sabía que pensar.
Ayer escribió un precioso verso, titulado estar sin ti y cuya última estrofa decía :
El mundo sigue y yo estoy inquieta,
Nunca imaginé, que quererte fuera algo así,
Siento que todo bajo mis pies se agrieta
Y solo porque no sirvo para estar sin ti...
Y bien ¿Qué pensar de esto? . No lo sé. Ya no sé a que acatarme.
Ramón, a quien está empezando a gustarle esto de internet, dice que cambiaría su papel en esta historia por ser yo. Me ha comentado que va a comprarse un ordenador y a instalar internet en su casa sólo para hacerme la competencia y para quitarme a Gisela. Creo que está un poco loco. Bueno, siempre lo ha estado.
Gisela me ha comentado que ha empezado a trabajar enviando colaboraciones a un diario, al diario más importante de Cancún, el Novedades de Quintana Roo que diariamente publica un poema suyo.
Esta mujer es toda fuerza y tesón.
¿Por qué querría Dios, si es existe, castigarla con esa enfermedad tan cruel?.
Volví a Méjico unos meses después, nuevamente en comisión de servicios, mandado por mi empresa.
Herbert ya no compartía su casa con su mujer, habían decidido separarse, sin acritud, pero ellos sabían que ya no podían seguir juntos, una vida en pareja, pues sus diferencias eran notables y los silencios muy largos. A Gisela aquello le entristeció y a pesar de mi llegada y de su aparente alegría, le noté tristeza en su ojos de princesa. Fueron otros tres días inolvidables.
Ya sabía que además de escribir poesía había empezado a publicar en el suplemento semanal de los domingos una novela. Gisela parecía una escritora destinada a alcanzar lo más alto. Y a su vez se dedicó a escribir comentarios sobre asuntos de política interna y de interés general, una columna diaria, que le hizo ganar el premio del periodismo del estado de Quintana Roo, y la benevolencia del gobernador del estado y del presidente municipal de Cancún.
Comento lo anterior puesto que en esos tres días que pasé en Méjico coincidió con los premios, yo la acompañé a la ceremonia de entrega del premio de periodismo, ella estaba muy nerviosa, parecía un flan de tres pisos de altura a punto de caerse de la bandeja al suelo, su hermano Jorge nos acompañó a recoger el premio, en un acto sencillo, pero muy emotivo. Los aplausos de los asistentes no la conmovieron tanto como el discurso que pronunció su hermano en su nombre, dando las gracias por la concesión del premio, y que ella misma le había escrito para que lo pronunciase, pues ella no se sentía capaz de hacerlo. Más tarde, en privado, me comentó que hubiese sido el día más feliz de su vida, con el premio y al tenerme a su lado, sino hubiese sido porque su padre no había podido estar con ella en el acto de entrega.
Al día siguiente, en la mañana, Herbert leía el diploma conmemorativo delante de nosotros dos.
Y a la tarde, paseando con Gisela, por nuestro parque, sentados en el banco donde nos conocimos por primera vez, un raro estremecimiento dejó paso al sentimiento de amistad por el de deseo, allí cerca, a su lado, mirando sus ojos oscuros, sus labios pálidos, sus labios
Al día siguiente, con la excusa de mi imprescindible presencia en una reunión de trabajo, partí hacia Méjico D.F.
Huía de Gisela.
Estaba huyendo de ella. Me sentía culpable de amar y desear a alguien con quien no podría compartir una vida plena. Era un cobarde, un maldito cobarde, la peor de la canalla, pero sabía que si aquel beso se alargaba y eternizaba se convertiría en una mentira. Y ello era aun peor canallada. Peor un engaño que una huida. No me podía engañar a mí mismo ni a ella, no podía engañarnos a los dos, no. Y huí para no volver. No quería continuar con aquello, no quería herirla y después dejarla abandonada, y aquel beso había sido el comienzo de algo que de continuar si le hubiese, nos hubiese hecho mucho daño a los dos.
A partir de aquella huida cobarde nuestras comunicaciones a través de internet fueron cayendo en el pozo del olvido poco a poco. No quería herirla. No deseaba hacerme yo mismo ilusiones sobre algo que nunca llegaría a ser nada. Por cobardía, por miedo, por timidez tal vez, por estupidez, ¿yo qué sé por qué? , pero lo sabía muy dentro. Sabía que lo nuestro no podía funcionar. Y antes que aquella pequeña bola de nieve se convirtiese en avalancha, antes que nuestros juegos se transformasen en algo más que juegos divertidos y amistosos, con el mayor de los pesares en mi alma rota, decidí que era lo mejor que podía hacer.
Gisela era lo suficientemente capaz de darse cuenta de mi huida, me lo dijo con sus ojos al despedirse, me miraba con amargura y cierto desdén. Con aquellos ojos oscuros me estaba gritando, me tachaba de un perdedor en el juego, cuando ella siempre había creído en mí.
Al partir tan sólo me dijo:
- He pasado momentos inolvidables contigo, Miguel Angel, ¿volverás? .
Y esta vez no pude prometerle nada, ni ella me entregó ningún libro de poemas para el viaje.
Ramón había tomado mi lugar en sus relaciones a través de internet con ella, ellos dos constantemente se comunicaban entre sí, incluso a diario, yo apenas lo hacía, muy de tarde algún mensaje para saber que estaba viva y preguntar por Herbert, y un día Ramón me increpó a la cara mi actitud hacia Gisela y me mostró unos poemas que hablaban sobre amor cobarde. Sólo pude decirle :
- Tú nunca llegarás a saber lo que yo siento por ella.
Durante ese año siguiente, renuncié a viajar a Méjico, pude hacerlo gracias a un cambio con un compañero de trabajo que se prestó gustoso a intercambiar Méjico por Bosnia, un lugar que se había convertido en peligroso, prefería viajar a Bosnia, un país con otra cultura y lengua y al borde de una guerra, siempre en tensión que tener que viajar a Méjico y recordar a Gisela.
Y al final de ese año, de un año sin verla, y con noticias de ella a través de Ramón, Herbert nos comunicaba por carta, a espaldas de su hija, que siempre nos lo ocultó, que Gisela había contraído cáncer, un espantoso cáncer de vejiga y que estaba en una fase muy avanzada, terminal.
Cuando Ramón me comentó la noticia, al llegar de mi segundo viaje de trabajo a Bosnia, tres semanas después de recibir la carta de Herbert, hice las maletas apresuradamente y cogí el primer avión hacia Cancún.
Desde un rincón de la cubierta del yate, como un observador, contemplé a Herbert, contemplé a su hijo, Jorge y contemplé la dispersión de las cenizas de Gisela sobre las aguas del mar.
Ayer escribió un precioso verso, titulado estar sin ti y cuya última estrofa decía :
El mundo sigue y yo estoy inquieta,
Nunca imaginé, que quererte fuera algo así,
Siento que todo bajo mis pies se agrieta
Y solo porque no sirvo para estar sin ti...
Y bien ¿Qué pensar de esto? . No lo sé. Ya no sé a que acatarme.
Ramón, a quien está empezando a gustarle esto de internet, dice que cambiaría su papel en esta historia por ser yo. Me ha comentado que va a comprarse un ordenador y a instalar internet en su casa sólo para hacerme la competencia y para quitarme a Gisela. Creo que está un poco loco. Bueno, siempre lo ha estado.
Gisela me ha comentado que ha empezado a trabajar enviando colaboraciones a un diario, al diario más importante de Cancún, el Novedades de Quintana Roo que diariamente publica un poema suyo.
Esta mujer es toda fuerza y tesón.
¿Por qué querría Dios, si es existe, castigarla con esa enfermedad tan cruel?.
Volví a Méjico unos meses después, nuevamente en comisión de servicios, mandado por mi empresa.
Herbert ya no compartía su casa con su mujer, habían decidido separarse, sin acritud, pero ellos sabían que ya no podían seguir juntos, una vida en pareja, pues sus diferencias eran notables y los silencios muy largos. A Gisela aquello le entristeció y a pesar de mi llegada y de su aparente alegría, le noté tristeza en su ojos de princesa. Fueron otros tres días inolvidables.
Ya sabía que además de escribir poesía había empezado a publicar en el suplemento semanal de los domingos una novela. Gisela parecía una escritora destinada a alcanzar lo más alto. Y a su vez se dedicó a escribir comentarios sobre asuntos de política interna y de interés general, una columna diaria, que le hizo ganar el premio del periodismo del estado de Quintana Roo, y la benevolencia del gobernador del estado y del presidente municipal de Cancún.
Comento lo anterior puesto que en esos tres días que pasé en Méjico coincidió con los premios, yo la acompañé a la ceremonia de entrega del premio de periodismo, ella estaba muy nerviosa, parecía un flan de tres pisos de altura a punto de caerse de la bandeja al suelo, su hermano Jorge nos acompañó a recoger el premio, en un acto sencillo, pero muy emotivo. Los aplausos de los asistentes no la conmovieron tanto como el discurso que pronunció su hermano en su nombre, dando las gracias por la concesión del premio, y que ella misma le había escrito para que lo pronunciase, pues ella no se sentía capaz de hacerlo. Más tarde, en privado, me comentó que hubiese sido el día más feliz de su vida, con el premio y al tenerme a su lado, sino hubiese sido porque su padre no había podido estar con ella en el acto de entrega.
Al día siguiente, en la mañana, Herbert leía el diploma conmemorativo delante de nosotros dos.
Y a la tarde, paseando con Gisela, por nuestro parque, sentados en el banco donde nos conocimos por primera vez, un raro estremecimiento dejó paso al sentimiento de amistad por el de deseo, allí cerca, a su lado, mirando sus ojos oscuros, sus labios pálidos, sus labios
Al día siguiente, con la excusa de mi imprescindible presencia en una reunión de trabajo, partí hacia Méjico D.F.
Huía de Gisela.
Estaba huyendo de ella. Me sentía culpable de amar y desear a alguien con quien no podría compartir una vida plena. Era un cobarde, un maldito cobarde, la peor de la canalla, pero sabía que si aquel beso se alargaba y eternizaba se convertiría en una mentira. Y ello era aun peor canallada. Peor un engaño que una huida. No me podía engañar a mí mismo ni a ella, no podía engañarnos a los dos, no. Y huí para no volver. No quería continuar con aquello, no quería herirla y después dejarla abandonada, y aquel beso había sido el comienzo de algo que de continuar si le hubiese, nos hubiese hecho mucho daño a los dos.
A partir de aquella huida cobarde nuestras comunicaciones a través de internet fueron cayendo en el pozo del olvido poco a poco. No quería herirla. No deseaba hacerme yo mismo ilusiones sobre algo que nunca llegaría a ser nada. Por cobardía, por miedo, por timidez tal vez, por estupidez, ¿yo qué sé por qué? , pero lo sabía muy dentro. Sabía que lo nuestro no podía funcionar. Y antes que aquella pequeña bola de nieve se convirtiese en avalancha, antes que nuestros juegos se transformasen en algo más que juegos divertidos y amistosos, con el mayor de los pesares en mi alma rota, decidí que era lo mejor que podía hacer.
Gisela era lo suficientemente capaz de darse cuenta de mi huida, me lo dijo con sus ojos al despedirse, me miraba con amargura y cierto desdén. Con aquellos ojos oscuros me estaba gritando, me tachaba de un perdedor en el juego, cuando ella siempre había creído en mí.
Al partir tan sólo me dijo:
- He pasado momentos inolvidables contigo, Miguel Angel, ¿volverás? .
Y esta vez no pude prometerle nada, ni ella me entregó ningún libro de poemas para el viaje.
Ramón había tomado mi lugar en sus relaciones a través de internet con ella, ellos dos constantemente se comunicaban entre sí, incluso a diario, yo apenas lo hacía, muy de tarde algún mensaje para saber que estaba viva y preguntar por Herbert, y un día Ramón me increpó a la cara mi actitud hacia Gisela y me mostró unos poemas que hablaban sobre amor cobarde. Sólo pude decirle :
- Tú nunca llegarás a saber lo que yo siento por ella.
Durante ese año siguiente, renuncié a viajar a Méjico, pude hacerlo gracias a un cambio con un compañero de trabajo que se prestó gustoso a intercambiar Méjico por Bosnia, un lugar que se había convertido en peligroso, prefería viajar a Bosnia, un país con otra cultura y lengua y al borde de una guerra, siempre en tensión que tener que viajar a Méjico y recordar a Gisela.
Y al final de ese año, de un año sin verla, y con noticias de ella a través de Ramón, Herbert nos comunicaba por carta, a espaldas de su hija, que siempre nos lo ocultó, que Gisela había contraído cáncer, un espantoso cáncer de vejiga y que estaba en una fase muy avanzada, terminal.
Cuando Ramón me comentó la noticia, al llegar de mi segundo viaje de trabajo a Bosnia, tres semanas después de recibir la carta de Herbert, hice las maletas apresuradamente y cogí el primer avión hacia Cancún.
Desde un rincón de la cubierta del yate, como un observador, contemplé a Herbert, contemplé a su hijo, Jorge y contemplé la dispersión de las cenizas de Gisela sobre las aguas del mar.
2 comentarios
white -
La he leido de un tirón, no soporto las esperas cuando me gusta y este es uno de tus mejores relatos.
Gracias Chema.
perseida -
Gracias por compartirlo.
Un beso.